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LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
1936-1939
INTRODUCCIÓN
La República Española se
instituyó el 14 de abril de 1931. Sus pretensiones son las de modernizar y
revitalizar la vida política y social del país cuyos males eran achacados por la
mayoría de la opinión pública de aquel tiempo a la Monarquía. La República
hereda un país atrasado en lo social y lo económico con unas tremendas tasas de
analfabetismo y pobreza, unas condiciones laborales que rayaban la esclavitud
muy especialmente en el campo donde los terratenientes ejercían el caciquismo y
una omnipresente iglesia católica que gozaba de gran influencia pero cuyos
planteamientos eran poco menos que medievales. Los republicanos convierten la
erradicación de estos males en la verdadera razón de ser de la República. Nace
en un contexto histórico mundial marcado por la crisis económica derivada del
crack del la bolsa de Wall Street en EEUU y aunque las consecuencias de esta
crisis no afectan a la economía española de forma determinante, esta crisis si
determina la evolución política de sus vecinos europeos creando las bases para
el triunfo de los totalitarismos especialmente en Alemania y en Italia
(movimiento nazi y fascista). Asimismo en el otro extremo de Europa la
revolución Soviética en Rusia se consolida resultando un atractivo polo de
atracción para las clases proletarias del resto de los países Europeos ante las
deficiencias sociales que hay en sus países agravadas por la crisis económica.
Todo ello lleva una radicalización del espectro político que resulta
especialmente dramático en el caso de la República Española y que años después
se materializará en la Guerra Civil Española. Esta guerra supuso la dramática
culminación de más de 200 años de historia y supone el acontecimiento más
traumático de la historia contemporánea de España con repercusiones que llegan
claramente a nuestros días, es la guerra civil más grande de Europa en el siglo
XX y en su época compendió para el mundo occidental el enfrentamiento de la
democracia, el fascismo y el comunismo. Sus repercusiones internacionales debido
a estas características hicieron de ella la premonición de la guerra mundial que
más tarde estallaría estando estas dos estrechamente relacionadas. Hay quien
piensa, quizás con razón que fue la ultima guerra europea entre idealistas. En
términos militares en ellas se experimentaron nuevas tácticas hasta entonces
inéditas (tácticas acorazadas, bombardeos masivos, etc) siendo el campo de
experimentación de la segunda guerra mundial.
Las fuerzas republicanas
recogían un amplio espectro político que iba desde los anarco-sindicalistas
(CNT-FAI, confederación nacional del trabajo-federación anarquista ibérica),
pasando por los comunistas PCE-PSUC así como diversas tendencias marxistas
(POUM, trotskistas) socialistas y socialdemócratas (PSOE partido socialista
obrero español su sindicato afín UGT) partidos republicanos de izquierdas
(izquierda republicana y Ezquerra republicana de Catalunya ERC), partidos de
centro de tendencia nacional (PNV partido nacionalista vasco) radicales (partido
radical de Lerroux) y diversas tendencias de carácter progresista (Rabasaires y
movimientos obreros campesinos).
Todos ellos tenían en
común el apoyo a la República por un motivo y otro, así por ejemplo los
anarquistas apoyaban por un sentido pragmático que no ideológico los radicales
la apoyaron en su etapa parlamentaria aunque después no participaron en el
esfuerzo de guerra y el PNV, por que con ello apoyaba su propia autonomía aún a
pesar de ser un movimiento de carácter católico aliado con el resto de las
fuerzas de la república que eran esencialmente anticlericales.
Bajo esta denominación han
pasado a la historia una seria de fuerzas políticas que en un momento u otro y
sobre todo durante la guerra civil se opusieron a la República. Aunque algunas
de ellas participaran activamente en el juego parlamentario y político de la
República antes de la guerra, su propósito final era la sustitución de la
república por otro régimen monárquico (caso de la CEDA confederación española de
derechos autónomos) o autoritario. Dentro de este grupo denominados los
nacionales se encontraban altos mandos del ejercito sin ninguna ideología común
propiamente dicha pero que eran contrarios a la República por un motivo u otro,
algunos de estos militares estaban agrupados en al UME (unión militar
española-grupo de militares de derechas).
Por otro lado dentro de esta
definición entrarían asociaciones y movimientos campesinos de derechas
principalmente en Castilla o en la entonces Castilla la vieja.
Los carlistas que en años
anteriores habían protagonizado guerras civiles por cuestiones dinásticas
aspiraban al retorno de una monarquía con Alfonso Carlos como rey en
contraposición de la dinastía borbónica.
La falange, fundada en
octubre de 1933, pretendía ser la versión española del partido fascista
Italiano, más tarde se fusionó con la JONS (juntas de ofensiva nacional
sindicalista), su fundador y líder era Jose Antonio Primo de Rivera. Los
tradicionalistas también formaban parte de lo que junto con todos los anteriores
vino a llamarse movimiento nacional, todos estos movimientos tuvieron una
importancia más o menos significativa durante la República y la posterior guerra
y en la mayoría de los casos fueron instrumentalizados por los militares en
incluso obligados a fusionarse bajo denominación de Falange Española
tradicionalista y de la JONS.
Aunque para definir el conflicto se prefiere, sobre todo desde la década de
1960, la denominación “guerra civil”, ésta no fue la única utilizada por la
reciente historiografía española o por los propios combatientes. También recibió
otros nombres: movimiento nacional, cruzada, lucha antifascista y revolucionaria
del pueblo español, entre otros. Son nombres todos ellos que ocultan el
"enfrentamiento de dos entusiasmos" al que se refirió el historiador británico
Raymond Carr. Esos nombres esconden dos concepciones en cierto modo ya presentes
en los resultados de las elecciones celebradas en febrero de 1936 —que
supusieron el triunfo, por un corto número de votos, de la coalición de
izquierdas agrupada en el Frente Popular— y que se venían gestando desde la
proclamación de la II República en abril de 1931.
La "guerra de tinta", en expresión del historiador y diplomático
español Salvador de Madariaga, fue desde el principio una guerra de propaganda
con dos tipos de valoraciones propiciadas desde los dos bandos participantes en
la contienda. La muy distinta versión informativa que expresaba un mismo
periódico editado en ambas zonas —la cabecera del diario ABC, que aparecía al
tiempo en el Madrid republicano y en la Sevilla dominada por los sublevados—
puede servir como ejemplo de la ruptura o enfrentamiento nacional existente.
Otro tanto cabe decir de las revistas culturales —antifascistas y azules,
respectivamente— publicadas durante el trienio, sin olvidar las manifestaciones
del teatro, del cine y del cartelismo, así como los símbolos, consignas y
mensajes difundidos durante el conflicto y después de su conclusión.
Desarrollo Militar
Desde el primer momento, el territorio nacional quedó dividido en
dos zonas en función del éxito que obtuvieron los militares sublevados.
Prácticamente se reproducía el mapa resultante de las elecciones de febrero de
1936; salvo casos aislados, los militares triunfaron en aquellas provincias
donde fueron más votadas las candidaturas de derechas, mientras que fracasaron
en aquellas donde la victoria electoral correspondió al Frente Popular. El
“Alzamiento” (nombre dado por los rebeldes a su levantamiento contra el gobierno
constitucional republicano) comenzó el 17 de julio en Melilla. Las unidades
militares destacadas en Marruecos que no controlaba el gobierno republicano se
hicieron pocas horas después con Tetuán y Ceuta. El general Francisco Franco
partió el día 18 desde las islas Canarias hacia Tetuán, en una avioneta privada
(Dragon Rapide). Ese mismo día se sublevaron los mandos militares de otras
divisiones peninsulares; sin embargo, el levantamiento fracasó en las
principales ciudades del país. Por otro lado, el 20 de julio de ese mismo año,
recién comenzada la sublevación, falleció en accidente de aviación el que había
sido designado por los conspiradores jefe de la rebelión, el general José
Sanjurjo.
Desde el día 18, ni el gobierno ni los rebeldes controlaban la
totalidad del país. En un principio, la sublevación dejó en manos de los
rebeldes Galicia, Navarra, Álava, el oeste de Aragón, las islas Baleares
(excepto Menorca) y las Canarias, así como la zona del protectorado español
sobre Marruecos, buena parte del territorio de lo que hoy es la comunidad
autónoma de Castilla y León, casi toda la provincia de Cáceres y algunas
poblaciones de Andalucía. El gobierno republicano conservaba casi toda
Andalucía, el País Vasco (salvo Álava), Asturias (excepto la ciudad de Oviedo) y
Cataluña, así como la isla balear de Menorca y los territorios de las actuales
comunidades autónomas de Cantabria, Castilla-La Mancha, Región de Murcia y la
Comunidad Valenciana. Conforme avanzó la contienda, el poder republicano perdió
zonas que, desde finales de marzo de 1939, pasaron íntegras a disposición del
Ejército franquista.
De cualquier forma, el comienzo de la guerra estuvo vinculado al
plan establecido previamente por los conspiradores en la primavera de 1936 y en
el que participaron mandos militares —la antirrepublicana Unión Militar Española
(UME) y la Junta de generales (de la que Emilio Mola era el coordinador)—
monárquicos, tradicionalistas (carlistas) y otros sectores de extrema derecha.
El asesinato de José Calvo Sotelo, líder del derechista Bloque Nacional y
participante activo en la conspiración contra el gobierno, que tuvo lugar la
noche del 12 al 13 de julio, fue el episodio previo al pronunciamiento militar.
Pronto pudo comprobarse que el plan conspirador había fracasado y
que el pretendido pronunciamiento decimonónico se convertiría en una guerra
larga y cruel de tres años. Durante este trienio las operaciones militares
permitieron establecer un desarrollo cronológico, a partir del paso del estrecho
de Gibraltar por las tropas del Ejército de África mandadas por el general
Franco (julio-agosto de 1936), con tres fases principales. La primera muestra la
importancia que ambos bandos otorgaron a la ocupación de Madrid, ciudad que, en
consecuencia, pronto fue motivo de asedio por las tropas insurrectas (dando
lugar a la conocida como batalla de Madrid). La estrategia de los sublevados,
que pretendía acceder a la capital desde el norte y desde el sur, fracasó. Una
acción importante en esta primera fase, que enseguida quedaría en el elenco de
“mitos” de la contienda, fue la liberación de los rebeldes asediados en el
Alcázar de Toledo (27 de septiembre de 1936), defendido por el coronel José
Moscardó ante el acoso de las tropas republicanas. Contando con las fuerzas de
África, así como con la ayuda alemana e italiana, Franco había avanzado
previamente sobre Andalucía y conseguido ocupar en agosto las plazas de Mérida y
Badajoz, enlazando de esta manera con los sublevados del norte a lo largo de la
frontera portuguesa. Mola, a su vez, había logrado cortar la frontera francesa
al ocupar Irún (Guipúzcoa) a principios de septiembre.
La segunda fase no abandonó la marcha sobre Madrid. Pero la
batalla de Guadalajara (finales de marzo de 1937) se saldó con el éxito
republicano, que tuvo presente el plan de ofensiva previsto por el general José
Miaja contra las tropas enviadas por Italia. Los alzados decidieron entonces
centrar sus principales operaciones en el norte. Con el apoyo decisivo de la
aviación integrada en la Legión Cóndor alemana, que realizó una salvaje agresión
a la localidad vizcaína de Guernica (26 de abril de 1937), las tropas rebeldes
rompieron las defensas de Bilbao (el llamado “cinturón de hierro”) el 19 de
junio de 1937, pocos días después del fallecimiento del general Mola en
accidente de aviación. En agosto (un mes después de obtener la victoria en la
batalla de Brunete), esas mismas tropas entraron en Santander y, en octubre,
tomaron las ciudades asturianas de Gijón y Avilés, con lo que los rebeldes
completaban la última etapa de la ocupación de la zona norte.
A partir de finales de 1937 comenzó la tercera fase. Los
republicanos, siguiendo los planes del general Vicente Rojo, conquistaron en
enero de 1938 Teruel, ciudad que no obstante perdieron al mes siguiente. En
julio de ese año comenzó la dura y decisiva batalla del Ebro, en la que la
derrota del Ejército republicano (noviembre de 1938) dejó despejada la ruta para
el avance de los sublevados hacia Cataluña. En los últimos días de enero de
1939, las tropas franquistas se instalaron en Barcelona, para avanzar en fechas
sucesivas hacia la frontera francesa y ocupar los pasos desde Puigcerdá hasta
Portbou (Girona). La ofensiva final (febrero-marzo de 1939) tuvo por objeto
quebrantar las posiciones republicanas todavía pendientes, situadas en la zona
centro y en el sur peninsular. A principios de marzo de ese año fracasó el
criterio de mantener la resistencia defendido por el presidente del gobierno
republicano, Juan Negrín, debido a la creación en Madrid del Consejo Nacional de
Defensa. Este organismo, que encabezó el jefe del Ejército del Centro, el
coronel Segismundo Casado, destituyó a Negrín y procuró alcanzar una paz honrosa
con el gobierno franquista de Burgos después de hacerse con el control de Madrid
mediante un cruento enfrentamiento entre las propias tropas republicanas. Sin
embargo, no prosperaron sus gestiones encaminadas a lograr una paz acordada. Las
tropas franquistas entraron en Madrid el 28 de marzo. Tres días más tarde, el
gobierno republicano perdió las últimas plazas todavía fieles. El 1 de abril la
guerra había terminado, no así las represalias.
DESARROLLO POLÍTICO
DE LA CONTIENDA
Si toda guerra reclama prestar atención a los “hechos de armas”,
necesariamente conviene asimismo atender al entramado político que determinó las
actuaciones de cada bando. Mucho más si, situados en el final del conflicto,
tenemos en cuenta la agonía de la experiencia republicana y el proceso que se
inició de forma inmediata tras el estallido de la guerra y que permitió la
implantación de un nuevo Estado dirigido por el general Franco.
Por parte del gobierno republicano, la jefatura pasó
sucesivamente de manos de José Giral (19 de julio de 1936) a Francisco Largo
Caballero (5 de septiembre de 1936) y de éste a Juan Negrín (desde el 18 de mayo
de 1937 hasta el final de la guerra) —los tres pertenecientes al Partido
Socialista Obrero Español (PSOE)—, en lo que bien puede definirse como una pugna
entre dos prioridades: desarrollar un proceso revolucionario o apostar por ganar
la guerra primero.
Manuel Azaña, presidente de la República, sustituyó el 19 de
julio de 1936 al presidente del gobierno Santiago Casares Quiroga por Diego
Martínez Barrio, quien no llegó a jurar el cargo. No obstante, Azaña nombró ese
mismo día a José Giral jefe del gabinete. Tan pronto como este último asumió las
responsabilidades de gobierno, la autoridad del poder central se descompuso y se
crearon numerosos poderes locales de carácter popular y espontáneo que generaron
divisiones intensas y supusieron la pérdida de la unidad política e incluso
militar en el ámbito republicano.
El debilitamiento de autoridad, al que aludiría el propio Azaña
en su obra teatral La velada de Benicarló (1937), y los avances de las fuerzas
rebeldes, explican el cambio de Giral por Francisco Largo Caballero (septiembre
de 1936), que ejercía su prestigio y autoridad sobre los obreros principalmente
desde la dirección de la Unión General de Trabajadores (UGT), el sindicato afín
al PSOE. Largo Caballero hizo cuanto pudo por controlar la situación
revolucionaria y formó un gobierno de concentración con presencia de
socialistas, comunistas, una minoría de republicanos y nacionalistas vascos y
catalanes. Dos meses después incorporó a militantes de la central obrera
anarcosindicalista Confederación Nacional del Trabajo (CNT), cuya fuerza era
destacada en Aragón, Cataluña y Valencia. Con todo, el enfrentamiento entre las
dos tendencias ya aludidas (revolución o guerra) —y ello pese a que durante el
gobierno de Largo Caballero mejoró la coordinación en el Ejército republicano—
dio al traste con esta experiencia porque fue incapaz de hacer amainar las
disputas entre las principales corrientes políticas de la coalición
gubernamental.
Azaña puso las riendas del gobierno en manos de Negrín (mayo de
1937), que pronto sería acusado de estar dominado por los comunistas. Negrín
prescindió de inmediato de los anarcosindicalistas y orientó su gestión hacia la
victoria militar; la revolución debía esperar. Pero los avatares bélicos
desencadenaron una nueva crisis gubernamental en abril de 1938. Desde entonces,
Negrín pasó a desempeñar también el cargo de ministro de la Defensa Nacional
(anterior Ministerio de la Guerra), que venía ejerciendo el socialista Indalecio
Prieto. Los “trece puntos de Negrín” (nombre por el cual fue conocido el acuerdo
propuesto por el presidente del gobierno republicano a las fuerzas franquistas,
como base de una posible negociación), promulgados el 1 de mayo de ese año, en
un afán por restablecer una democracia consensuada sobre principios alejados del
conflicto bélico, no consiguieron recomponer la unidad del Ejército republicano
ni sostener el escaso apoyo internacional, debilitado a medida que se retiraban
los voluntarios extranjeros que habían formado parte de las Brigadas
Internacionales.
El éxito definitivo de la ofensiva franquista sobre Cataluña, a
principios de febrero de 1939, impidió que dieran fruto las garantías que el
gobierno republicano pedía de cara a la paz: independencia de España y rechazo
de cualquier injerencia exterior, que el pueblo pudiera decidir libremente
acerca del futuro del régimen, así como garantía de evitar persecuciones y
represalias después de la guerra. Estas condiciones propuestas por Negrín en las
Cortes reunidas el 1 de febrero de 1939 en Figueres (Girona) no fueron aceptadas
por el gobierno de Burgos, que presumía concluir la guerra en breves días. En
efecto, la reunión de las Cortes republicanas en Figueres fue la última que tuvo
lugar en suelo español. Antes de esa fecha se celebraron reuniones de las Cortes
en distintas sedes, dependiendo de las propias circunstancias militares de la
contienda. Las primeras tuvieron lugar en Valencia (diciembre de 1936 y febrero
y octubre de 1937), en tanto que las postreras se produjeron en distintas zonas
del territorio catalán, tales como Montserrat (febrero de 1938), San Cugat del
Vallés (septiembre de 1938) y Sabadell (octubre de 1938).
En lo que respecta a la zona sublevada (denominada “nacional”
tanto por las propias fuerzas rebeldes como por la historiografía favorable a
las mismas), se dictaron paulatinamente medidas políticas al compás de las
acciones bélicas, que fueron aplicadas en los territorios ocupados desde el
principio y en todos aquellos que se incorporaban tras los éxitos militares
rebeldes. La primera y pronta medida adoptada por los insurrectos fue la
creación en Burgos de la Junta de Defensa Nacional, el 24 de julio de 1936, que
presidió el general Miguel Cabanellas por ser el militar más antiguo e
integraron en calidad de vocales los generales Emilio Mola, Fidel Dávila, Andrés
Saliquet, Miguel Ponte y los coroneles Fernando Moreno y Federico Montaner.
A finales de septiembre de ese año, la Junta de Defensa Nacional
designó a Franco generalísimo de las fuerzas sublevadas (principal jefe militar
de las mismas) y jefe del gobierno. Así, el 1 de octubre de 1936 se hizo oficial
el acceso de Franco a la jefatura militar y política de quienes se
autodenominaban “nacionales”, cargos a los que él mismo unió el de jefe del
Estado. Esta medida tuvo su complemento en el llamado Decreto de Unificación (19
de abril de 1937), por medio del cual se creó Falange Española Tradicionalista y
de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FET y de las JONS), única
formación política legal del nuevo régimen —llamado “Movimiento Nacional” por
sus partidarios— que fundía los núcleos falangistas y tradicionalistas
(carlistas). Esa operación política agudizó las tensiones latentes entre los
falangistas desde que, en noviembre de 1936, fuera ajusticiado por los
republicanos José Antonio Primo de Rivera, fundador y jefe nacional de Falange
Española. El nuevo jefe nacional falangista, Manuel Hedilla, se opuso al decreto
unificador, por lo que fue arrestado junto con sus seguidores.
En enero de 1938 se formó
el primer gobierno “nacional” presidido por Franco, tras la disolución de la
Junta Técnica de Estado, que había sido creada en octubre de 1936 inicialmente
como una entidad de apoyo gubernamental a la primigenia Junta de Defensa
Nacional. El primer gobierno franquista estuvo compuesto tanto por militares
como por figuras civiles falangistas, tradicionalistas y monárquicas. Entre sus
miembros cabe destacar a los generales Francisco Gómez Jordana (vicepresidente
del gobierno y ministro de Asuntos Exteriores), Severiano Martínez Anido
(responsable del Ministerio de Orden Público) y Fidel Dávila (ministro de la
Defensa Nacional), al ingeniero naval Juan Antonio Suances (encargado del
Ministerio de Industria y Comercio), así como al abogado y cuñado de Franco
Ramón Serrano Súñer (ministro de Interior y secretario del Consejo de
Ministros), al notario y falangista Raimundo Fernández Cuesta (responsable del
Ministerio de Agricultura) y al escritor y político monárquico Pedro Sainz
Rodríguez. Asimismo, el 9 de marzo de 1938 se promulgó el Fuero del Trabajo, que
acabada la guerra alcanzaría el rango de ley fundamental y, por tanto, entraría
a formar parte del peculiar constitucionalismo propio del franquismo.
LA
INTERNACIONALIZACIÓN DEL CONFLICTO
Si bien es cierto que la guerra comenzó como un conflicto interno
"nacido en suelo español y a la manera española" (en palabras de Salvador de
Madariaga), no pudo mantenerse ajena al entorno internacional debido a sus
propias raíces ideológicas. Ambos bandos reclamaron inmediatamente apoyos de
otras potencias extranjeras, según el panorama existente en la alineación del
mundo en la década de 1930, hasta el extremo de que algunos vieron en el
conflicto un prólogo de un nuevo enfrentamiento mundial. Si no lo fue, al menos
consiguió implicar a la mayoría de partidos políticos y potencias europeas. Hoy
nadie pone en duda que la intervención extranjera contribuyó tanto a prolongar
la contienda como al futuro del “Movimiento Nacional”. La primera fase de
urgencia (julio-agosto de 1936) llevó, por un lado, al gabinete presidido por
Giral a solicitar el auxilio del gobierno del Frente Popular francés (presidio
por el socialista Léon Blum) y, por el otro, a los rebeldes a concretar el
inicial apoyo prestado por Italia (gobernada por Benito Mussolini) y Alemania
(con Adolf Hitler en el poder).
El Frente Popular español contó con el apoyo primigenio de
Francia, Mexico y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Sin
embargo, el temor del gobierno francés a crear una situación conflictiva en todo
el continente frenó su ayuda y se acogió a la política de no intervención que,
propugnada por el gobierno británico, asimismo acabaría aplicando la Sociedad de
Naciones. Francia cerró su frontera a la entrada de material bélico destinado a
cualquiera de los contendientes, con lo que en realidad perjudicó notablemente
al gobierno republicano. Por su parte la URSS, gobernada por Iósiv Stalin, tras
comprobar la participación activa y directa de italianos y alemanes, rechazó la
política de no intervención. Su apoyo resultó fundamental en blindados, aviones
y equipos de asesores militares. En tanto que los rebeldes recibieron aviones,
armamento y combatientes de Italia y Alemania (valga como ejemplo la Legión
Cóndor), así como la ayuda de los voluntarios portugueses, enviados por el
gobierno encabezado por António de Oliveira Salazar, además de otras
colaboraciones.
La LUFTWARE (fuerzas aéreas nazis) incorporó a sus tácticas las
enseñanzas de la guerra y fueron empleadas con éxito en las primeras fases de la
guerra mundial. Entre sus pilotos aprendieron el oficio en España grandes
figuras como Adolf Galland y Werner Moelders.
Entre los auxilios recibidos por el gobierno republicano merecen
recordarse las Brigadas Internacionales: la III Internacional (también conocida
como Komintern) creó un comité internacional para organizar a sus miembros, que
contó con la participación de los dirigentes comunistas Palmiro Togliatti y
Josip Broz (Tito). Participaron en ellas voluntarios de distintos países movidos
por sentimientos antifascistas, cuyo número es difícil de precisar (tal vez,
unos 40.000) a causa de los relevos producidos en sus filas durante el
transcurso de la guerra. El centro de reclutamiento estuvo en París y entre sus
gestores cobró especial relieve el dirigente comunista francés André Marty. Los
primeros brigadistas llegaron al puerto español de Alicante en octubre de 1936
para continuar hasta Albacete, en donde se formó la XI Brigada, que pronto
participó en la batalla de Madrid. Su intervención al lado de la causa
republicana duró hasta noviembre de 1938.
En medio de todo este proceso destacó de manera especial lo que
se conoció como la política de no intervención asumida por la Sociedad de
Naciones, que, en principio, suponía la prohibición de exportar cualquier
material de guerra, sin más compromisos por parte de los gobiernos. En
septiembre de 1936 nació en Londres el Comité de No Intervención, integrado por
los embajadores residentes en la capital británica con el objeto de reducir el
conflicto al ámbito nacional. Sin embargo, a la vista de las numerosas
violaciones del compromiso, las medidas adoptadas por el Comité de No
Intervención no resultaron efectivas y, desde luego, no impidieron que las
potencias extranjeras apostaran por uno u otro contendiente, si bien la mayor
beneficiada de la actitud de las democracias occidentales acabó siendo la causa
franquista, auxiliada de forma reiterada por las potencias del Eje, resultando
letal asimismo para el gobierno republicano.
Por lo que se refiere al apoyo soviético, la financiación de los
suministros bélicos entregados al gobierno republicano se relacionó con las
reservas del Banco de España. Dos terceras partes del oro guardado en el banco
nacional salieron hacia Moscú, en concepto de depósito primero, y como pago por
aquellos suministros posteriormente. El famoso “oro de Moscú” sería un asunto
controvertido y utilizado como propaganda por el gobierno franquista. Mientras
éste recibió a crédito suministros alemanes e italianos, que fueron abonados en
parte después de finalizar la guerra, el gobierno republicano agotó las reservas
para pagar la ayuda soviética.
Estuvieron en España como asesores militares hombres que mas
tarde fueron la elite del ejercito ruso en la II Guerra Mundial tales como
Rodimsev, Paulov, Koniev, Malinowski Y Zukov.
CONSECUENCIAS BÉLICAS
La principal consecuencia de la Guerra Civil española fue la gran
cantidad de pérdidas humanas (tal vez más de medio millón), no todas ellas
atribuibles a las acciones propiamente bélicas y sí muchas de ellas relacionadas
con la violenta represión ejercida, si bien la represión en el lado franquista
era patrocinada por las autoridades, en el lado republicano, respondía a la
pasión popular mal interpretada. Asimismo la represión franquista no remitió al
final de la guerra y continuó hasta los últimos días de la dictadura. Se puede
considerar como consecuencia destacada el elevado número de exiliados producidos
por el conflicto, algunas de cuyas principales figuras políticas constituyeron
durante muchos años el gobierno republicano en el exilio.
Evidentemente además de las consecuencias humanas anteriormente descritas, la
consecuencia politica es de una magnitud impresionante puesto que viene a
significar el final de un periodo democrático jamás visto antes en este país
para ser sustituido por una dictadura sangrienta y represiva, que se prolongará
cerca de medio siglo. Esta dictadura además supondrá un freno a la cultura y la
intelectualidad de este país.
En lo
que respecta al aspecto económico, las consecuencias principales fueron la
pérdida de reservas, la disminución de la población activa, la destrucción de
infraestructuras viarias y fabriles, así como de viviendas —todo lo cual provocó
una disminución de la producción—, y, en fin, el hundimiento parcial del nivel
de renta. La mayoría de la población española hubo de padecer durante la
contienda y, tras terminar ésta, a lo largo de las décadas de 1940 y 1950, los
efectos del racionamiento y la privación de bienes de consumo.
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