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El nuevo desorden imperial

Raúl Zibechi

 

El elefante ya entró en la cristalería, causando todos los "daños colaterales" imaginables y previsibles, salvo la matanza de periodistas que no figuraba en el libreto previo. El nuevo orden que se avizora tras la ocupación de Irak, dibuja un mundo incierto e imprevisible.


La pregunta, ahora que las fuerzas de ocupación están arrasando la capital iraquí y aniquilando brutalmente los focos de resistencia, parece obvia: ¿Hacia dónde dirigirán sus armas ahora los muchachos de Donald Rumsfeld? ¿Cuál será la próxima parada de la maquinaria bélica más poderosa y desigual de la historia, en su carrera casi omnipotente hacia el dominio planetario absoluto?


Las preguntas se amontonan. Si aceptamos que la guerra o, mejor dicho, la carrera por el control y el dominio planetario, apuntan contra el euro, la Unión Europea, Rusia y China, o sea los verdaderos "desafíos potenciales" que enfrenta Estados Unidos, los próximos pasos del Pentágono son imprevisibles. Más aún, cuando las Naciones Unidas han dejado de jugar papel alguno en el concierto internacional.


Ciertamente, la invasión a Irak busca el control petrolero, rediseñar la región a favor de Israel y contra todos los regímenes islámicos, sean del color que sean. Pero no es sólo el petróleo lo que está en juego, sino el conjunto de los recursos naturales del mundo, buscando no sólo su control sino que los posibles "desafíos potenciales" no tengan acceso a los mismos sino bajo las condiciones pautadas por Washington. Entonces, si se trata de cortarle el paso a la Unión Europea, que en los noventa hizo notables progresos en América Latina, ¿porqué no Colombia, Venezuela o incluso Cuba? Aunque la intervención militar masiva en este continente parece poco probable a corto plazo, no debemos olvidar que los halcones liderados por George W. Bush no piensan con la misma lógica. Los últimos pasos dados van más allá del Eje del Mal propagandeado en los últimos meses y la maquinaria militar tiene en la mira no sólo a Irán y Corea del Norte, sino a todo aquel país o región que pueda servir a los objetivos de la superpotencia.


El militarismo crudo desplegado desde que la actual administración llegó a la Casa Blanca, tiene una lógica propia, que no se rinde ante las evidencias políticas sino que persigue una sola y fundamental cuestión: el dominio no compartido del mundo. Es en este sentido que todos los pueblos del mundo están en peligro.


Sabor a virreinato


Apenas tomaron el control de Basora, los mandos militares británicos nombraron a un líder tribal como nuevo jefe de gobierno. Según los informes de prensa, un jeque se habría entrevistado con el coronel británico Chris Vernon y este le pidió que formara un comité local para gobernar la ciudad. Dato esencial: el mando militar decidió no filtrar el nombre del jeque que se habría presentado como la persona más idónea para "gobernar" Basora.


No es la primera vez que esto sucede. Es la historia del imperio británico; de todos los imperios. Los mandos militares nombran a los nuevos gobernantes. Estados Unidos, por su parte, ya decidió que el nuevo gobernador de Irak será el general retirado Jay Garner, quien dirige la Oficina de Reconstrucción y Ayuda Humanitaria desde Kuwait.


Un comportamiento de este tipo es menos sutil incluso que el clásico imperialismo y remite al comportamiento del colonialismo del siglo XIX, tanto británico como francés. Es cierto que en Vietnam, a fines de los cincuenta, Washington instaló el régimen de Nho Dinh Diem, al que apoyó en los años siguientes con medio millón de soldados y abundantes recursos. Pero eran esos los años de oro de la Guerra Fría, en los que la superpotencia enfrentaba el desafío de los países socialistas y hacía que toda insurgencia popular fuera medida con la vara de la polarización Este-Oeste.


Ahora las cosas son muy diferentes. Estados Unidos no combate -más allá de la retórica fundamentalista de la Casa Blanca- contra ningún enemigo capaz de disputarle, en nombre de una clase social antisistémica, su supremacía mundial. El combate ahora es entre familias del mismo sistema. Se trata de desbancar a las economías europeas y china del importante papel que les aguarda en el futuro inmediato, como recambio del dominio económico estadounidense.


Parece evidente que la ocupación de Irak no va a resolver ninguno de los problemas de fondo de la región y que, por el contrario, introducirá importantes elementos de desorden. Los más evidentes son que agrava el conflicto israelí-palestino dando más vuelo aún a los halcones al estilo de Ariel Sharón; que crea tensiones difíciles con el pueblo kurdo, que afectan a uno de sus principales aliados, Turquía, país que no está dispuesto a tolerar que en sus fronteras nazca un Estado al que considera enemigo; crea problemas con la minoría chiíta del sur, siempre atraída por el régimen iraní, con el que las tensiones se harán cada vez más fuertes; con Siria, que ya fue amenazada por Washington y, finalmente, con una serie de países de la región (Arabia Saudita, Egipto, entre otros) cuyos regímenes no gozan del apoyo popular.


Por otro lado, la ocupación de un país como Irak puede provocar una oleada de nacionalismo árabe como ya sucedió en los años cincuenta, cuando comenzaba la oleada descolonizadora en la región. La superioridad militar, por más apabullante que sea, sólo tiene sentido cuando se plantea conseguir objetivos políticos. Pero la forma como Estados Unidos está actuando en el terreno militar, provoca justamente lo contrario.


Cómo hará la superpotencia para sanear sus relaciones con la Unión Europea (tanto con algunos gobiernos como con las ciudadanías enfurecidas por la guerra), no parece nada claro. Y sin aliados importantes, no podrá gobernar la región; mucho menos rediseñarla de forma unilateral. Por el contrario, todo indica que los planes de Rumsfeld (secretario de Defensa) consisten en hacer valer la superioridad militar más cruda, a través de la instalación de un rosario de bases militares con las que mantener el control de la región.


Menos aliados, más enemigos


La historia del colonialismo europeo puede iluminar algunos pasos que está dando el actual neocolonialismo, en el que parecen empeñados los estrategas estadounidenses que formularon el Proyecto para un Nuevo Siglo Norteamericano.


El historiador hindú Ranajit Guha, creador de los "estudios subalternos", sintetizó en el título de uno de sus libros la historia del poder colonial en la India: Dominio sin hegemonía. Según Guha, las metrópolis coloniales edificaron en su país un Estado que no aspiraba a la hegemonía y se asentaba en el dominio coercitivo. Para un Estado de ese tipo resultaba imposible asimilar a la sociedad civil del país colonizado, que permaneció como un territorio ajeno para los colonizadores. Pero una de las consecuencias a largo plazo de ese proyecto, es que el corte entre las elites y la sociedad civil impidió la consolidación de una burguesía nacional capaz de integrar a su pueblo en formas alternativas de hegemonía. De esa forma, los pueblos de los países colonizados se volcaron hacia opciones nacionalistas revolucionarias -a menudo hegemonizadas por partidos comunistas- que fueron las que emprendieron la lucha anticolonial.


Pero el mundo ha cambiado en los dos últimos siglos. Aquel dominio que se impuso sobre las colonias fue posible mantenerlo sin resquebrajar las sociedades de las metrópolis, que permanecieron impasibles ante las guerras que se desarrollaban en remotos territorios del Tercer Mundo. La democratización y el activo papel que hoy juegan las sociedades civiles en todo el mundo, forman parte sustancial de esos cambios. Son esas conquistas, precisamente, las que hoy están peligro; el dominio sin hegemonía amenaza también a las democracias occidentales.


Cuánto tiempo podrán resistir algunas democracias europeas la creciente deserción de sus ciudadanos, es aún una incógnita. Por lo pronto, la tozuda actitud de José María Aznar está desgastando a su gobierno y a su propio partido, y amenaza con deslegitimar nada menos que a la monarquía ante amplios sectores de la ciudadanía.


En los Estados Unidos comienzan a verse las consecuencias de la carrera guerrerista, en los recortes a las libertades públicas y la inclusión de miles de ciudadanos en listas de sospechosos. Esta semana el gobierno difundió una lista con 13 millones de nombres para ayudar a "identificar a aquellos extranjeros que son inadmisibles o deportables”; las bibliotecas públicas trasladan a las autoridades encargadas de la vigilancia "patriótica" los temas y libros que consultan los lectores. El veterano de guerra, senador y candidato presidencial demócrata John Kerry, fue duramente tachado como "antipatriota" por haber criticado a Bush en tiempos de guerra.


Y esto puede ser apenas el principio. Sin duda, la guerra por mantener el control y el dominio del mundo tendrá efectos devastadores. Incrementará la inestabilidad, la incertidumbre y horrores de todo tipo, pero a la vez le restará a las elites de la superpotencia aliados y amigos que engrosarán las filas de los luchadores por la paz.


Fuente:
http://alainet.org/active/show_news.phtml?news_id=3489

 

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Última modificación: 26 de noviembre de 2005